Débora se ajustó la falda de tubo y clavó sus uñas en el brazo de Benjamín, obligándolo a mirarla.
—Escúchame bien —siseó ella, con la voz cargada de un veneno que Benjamín ya no podía ignorar—. Paula cree que tiene el control porque el abuelo la protege, pero no sabe que nosotros tenemos la llave de su ruleta. Tú vas a ser mi peón en esto. No vamos a rendirnos.
Benjamín asintió. La humillación de la oficina aún le ardía en la cara, pero la ambición y el resentimiento eran motores más potent