El restaurante ocupaba el último piso de una torre de cristal. El aire allí olía a madera de sándalo y a una exclusividad que mis pulmones no estaban acostumbrados a procesar. La última vez que pisé un lugar similar fue durante mi primer aniversario con Benjamín; en aquel entonces, yo sonreía con una ingenuidad que ahora me resultaba patética. Todo cambió después de ese año. Las cenas de gala se convirtieron en bandejas de comida rápida frente a los informes que él no quería terminar, y el luj