Horas desesperadas

Anthoine escucho a la esposa de su hermano, Ariadna era una mujer practica, esa desesperación no era propia de ella lo que indicaba que la situación era grave. —No quiero que Franco viaje. No está bien de salud.

—Vuelo esta misma noche —respondió Anthoine. sin vacilar—. No te preocupes, Ariadna. Yo me encargo.

Minutos después, Franco salió de su oficina y la encontró aún con el teléfono en la mano, el rostro tenso.

—¿Llamaste a Anthoine.? —preguntó, mirándola fijo.

—Sí —respondió sin titubear.
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