Ariadna lloraba desconsoladamente. Caminaba de un lado a otro, con el teléfono en la mano, marcando una y otra vez el número de Máximo sin obtener respuesta. La desesperación le oprimía el pecho.
—Debes calmarte, belleza —murmuró David, abrazándola con fuerza.
Pero él también estaba al borde del colapso. No podía verla así. Por eso, en un gesto desesperado, tomó su teléfono y llamó a Hubert Della Croze, suplicándole ayuda.
—Ubica a tu sobrino, te lo ruego. Decile esto de mi parte: si devuelve a