Ariadna regresó a su casa cuando el sol ya comenzaba a esconderse tras los árboles del jardín. La brisa cálida de la tarde se filtraba por las amplias ventanas, trayendo consigo el aroma fresco del campo. Al ingresar, se encontró con el abogado esperándola en el salón junto a Daniel Petri.
—Señora Della Croze —la saludó el abogado, haciendo una leve inclinación—, me complace informarle que ya liberaron a varios de sus custodios.
—Qué alivio —respondió Ariadna , dejando caer su bolso sobre una d