VANESSA
Salí del despacho de Damián y crucé el vestíbulo de la mansión con las piernas temblando y los tacones resonando contra el piso. El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que sentía que el pecho se me iba a reventar de un momento a otro.
—¡Abre la maldita puerta! —le grité a uno de los guardias de seguridad de la entrada, que se me quedó viendo con cara de idiota por mi tono de voz.
El tipo se apresuró a abrir la puerta, salí al aire frío de la tarde, respirando por la boca