ISABELLA
Llevaba un vestido elegante en un tono azul profundo que Damián había elegido personalmente; decía que resaltaba la determinación en mis ojos. Sobre mi pecho, el broche de amatista de mi madre brillaba.
—Respira, nena. Te están devorando con la mirada porque eres lo mejor que ha pasado por estas salas en una década —susurró Damián a mi espalda, colocando una mano firme en mi cintura.
—Siento que en cualquier momento van a descubrir que soy un fraude, Damián —admití en voz baja, forzand