La sala de conferencias de la sede central de la Constructora Cavalli nunca se había sentido tan pequeña, el aire acondicionado zumbaba en un intento inútil de enfriar la tensión que emanaba de los rostros de los accionistas y los representantes legales, en el centro de la mesa, custodiado por oficiales de la unidad de delitos financieros, Ricardo Miller permanecía esposado, con el rostro hundido en una mezcla de rabia y derrota.
La puerta doble se abrió de par en par, Sebastián Cavalli entró