El aire fuera de la prisión de mujeres tenía un sabor metálico, a libertad condicionada y a humillación rancia, Lucía Cavalli cruzó el umbral del portón de hierro con la barbilla en alto, aunque sus ojos inyectados en sangre delataban las noches de insomnio, su abogado, un hombre de traje gris que evitaba mirarla a los ojos, le abrió la puerta del sedán negro que esperaba en la acera.
—El juez aceptó la fianza, señora Cavalli
—Dijo el abogado con voz monótona, pero tiene prohibido salir de la