El despacho de Sebastián estaba sumido en una penumbra estratégica, la única luz provenía de una pequeña lámpara de escritorio que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes tapizadas de cuero.
Clara sostenía el teléfono satelital entre sus manos, sintiendo el frío del metal como si fuera un grillete, apenas unos metros detrás de ella, oculto en el rincón más oscuro de la habitación donde las cortinas de terciopelo absorbían cualquier destello, Sebastián permanecía inmóvil.
Él no decía nad