El estruendo de los disparos se mezcló con el gemido de los pistones hidráulicos. La pesada compuerta de titanio continuó su curso irreversible, deslizándose de derecha a izquierda para sellar la bóveda.
—¡Malachi! —grité, estirando la mano a través de la brecha que se reducía a centímetros, pero el espacio era ya demasiado estrecho.
Antes de que el acero se cerrara por completo, vi a Malachi reaccionar con la velocidad de un depredador emboscado. No se encogió ante el cañón de Cambridge; esqui