El sonido de la lluvia repicando contra el techo de lámina de la casa de seguridad victoriana parecía el conteo regresivo de una bomba de tiempo. Dentro, el aire estaba viciado, cargado del olor a pólvora residual de nuestras armas y al metal caliente de los servidores portátiles que Halloway había encendido sobre una mesa de madera rústica.
Fuego libre en la City de Londres. El duque de Cambridge no estaba jugando a la política; estaba dispuesto a masacrarnos en pleno corazón financiero del Re