El Antonov An-124 rugía con una violencia estructural que hacía crujir las costillas de acero de la cabina de carga. El despegue bajo la tormenta helada del mar del Norte se sintió como un ascenso directo al mismísimo abismo.
En la pantalla de mi teléfono satelital, el contador del mensaje del Inquisidor corría en reversa con una precisión sádica. 28:45... 28:44...
Al lado del temporizador, una ventana de transmisión en miniatura mostraba una habitación de piedra caliza, fría y húmeda. Una celd