El zumbido magnético del hangar se transformó en un rugido hidráulico ensordecedor.
Bajo las sillas donde estaban amarrados mi madre y Leo, las pesadas placas de acero del suelo del romehielos continuaron separándose con una lentitud tortuosa. Pude ver el destello grisáceo del agua ártica, una masa líquida y congelada que se agitaba con furia, salpicada por el hielo triturado que las hélices del *Yaroslav* mantenían en constante movimiento.
El frío que subía de esa fosa era mortal. Si caían ahí