El estallido final del tanque de combustible del yate iluminó la noche con una violencia apocalíptica.
La onda de choque me golpeó de frente, arrojándome de espaldas sobre las maderas ardientes del muelle flotante.
El calor del fuego me quemó las pestañas, pero por dentro me congelé.
Me arrastré hacia el borde de la barandilla destruida, ignorando el dolor de mi hombro, ignorando la sangre que volvía a brotar de mis heridas.
—¡Malachi! —grité hacia la inmensidad oscura del océano.
El agua negra