CSospechaon un movimiento violento de mi brazo derecho, arrojé el teléfono celular contra la pared opuesta de la habitación. El aparato se estrelló contra el yeso blanco con un impacto tremendo, desintegrándose en pedazos de metal y vidrio que salieron disparados por todo el suelo de la clínica. No me bastó. Con una fuerza descomunal nacida de la pura desesperación, agarré la mesa de noche de madera y la empujé, volcándola por completo. Los frascos de medicamentos, el vaso de agua y los papeles