Narrado por Emma
—¡Te he dicho mil veces que no la sé, Stefano! ¡Déjame en paz de una maldita vez! —mi grito, desgarrador y cargado de una impotencia absoluta, resonó con eco metálico contra las paredes coloniales del despacho principal de Val-de-Lune.
Habían pasado apenas veinticuatro horas desde mi colapso en el hospital del sur. Tras ver la salud de mi abuela finalmente estabilizada bajo el cuidado de la enfermera Clara, una mezcla de rabia herida y desesperación absoluta me había impulsado