—Siempre cuidaste de nosotros —dije en un susurro, alzando la vista hacia las ramas del roble que se mecían con el viento—. Incluso en mitad de la penumbra, cuando tus ojos ya no podían ver el salón, nos diste la pista final para desenmascarar el nido de víboras. Gracias por haber sido el ancla de mi pequeña intrusa cuando el mundo se caía a pedazos.
Bella se puso de pie, sacudiéndose la tierra de los pantalones, y me miró con esos ojos maduros que tanto me recordaban el pasado.
—Papá… ¿ella no