La medianoche llegó a Val-de-Lune vestida con un silencio absoluto, un manto de terciopelo azul oscuro salpicado por millones de estrellas que brillaban sobre las colinas del viñedo. El siseo de la tormenta de hace cinco años había sido reemplazado por el canto de los grillos y el crujido sutil de la madera de la casa que se asentaba tras el calor del día.
Entré a nuestra habitación principal con pasos lentos, descalzo sobre el parqué pulido. Mis piernas se sentían fuertes, cargadas con la elas