Narrado por Noah
El segundero del reloj de pared de la habitación del hospital avanzaba con una regularidad desquiciante. Cada tic-tac golpeaba contra mis sienes como un martillo neumático. Diez minutos. Veinte minutos. Media hora. El plazo que le había impuesto a Emma en mi mensaje de texto había expirado hacía mucho tiempo, y la pantalla de mi teléfono seguía tan negra y vacía como el abismo que se estaba abriendo en mi pecho.
No había llamado. No había escrito. Nada.
Me quedé mirando fijamen