Narrado por Noah
Mateo finalmente apareció, entre carcajadas mal disimuladas, para rescatarnos del lodazal en el que se había convertido el mirador. Me cargó de vuelta a la silla con la pericia de quien transporta un fardo de uvas preciado, mientras Emma, empapada hasta la médula y con el vestido pegado al cuerpo, caminaba a nuestro lado tiritando pero con una sonrisa que no le cabía en el rostro.
El regreso a la mansión fue un desfile de dignidad perdida. Rosa nos recibió en la entrada con un