ANASTASIA
El portazo me sacudió todo el cuerpo.
Me quedé frente a esa puerta, inmóvil, con las lágrimas corriéndome por las mejillas.
Golpeé.
Una, dos, tres veces.
—¡Gael! —supliqué—. Por favor… escúchame.
Silencio.
Solo el sonido del cerrojo electrónico cambiando el código.
El mensaje más claro que podía darme:
no quería volver a saber de mí.
Caí de rodillas, no era lo que parecía.
Las lágrimas me caían sin control, y la garganta me ardía.
No estaba acostumbrada a llorar por nadie.
Yo no llora