ADRIANO
Entrar a la oficina aquella mañana se sintió distinto.
No era el mismo hombre que había entrado tantas otras veces con el peso del mundo sobre los hombros. Esta vez había una sonrisa en mis labios, una calma extraña en el pecho.
Dalia lo sabía.
Lo había visto en mi peor versión, con las manos ensangrentadas, mostrando el rostro que nadie debía ver… y aun así, me abrazó. Me dijo que me amaba. Me eligió.
Ese pensamiento me bastaba para que cualquier sombra desapareciera.
Cerré la puerta t