DALIA
Volvimos a la mansión con una sonrisa en los labios. Adriano me llevaba de la mano, tan tranquilo, como si el mundo no hubiera explotado la noche anterior. Yo, en cambio, aún tenía las mejillas encendidas.
No alcanzamos a cruzar el umbral cuando nos encontramos con Sara, de brazos cruzados, ceja levantada y ese aire maternal que podía hacer temblar a cualquiera.
—Ups… —murmuró Adriano, con una sonrisa ladeada.
Yo lo miré alarmada.
—Dime que le avisaste.
—No, no le avisé. —respondió él, en