ADRIANO
La sentí temblar contra mi pecho y lo supe: no podía dejarla ahí, no podía soltarla ni un segundo más.
—Vamos, no te dejaré aquí.
La tomé en brazos, era como alzar una pluma, se sentía más liviana y eso me preocupó. La conduje hasta el coche. Apenas nos acomodamos, su cuerpo cedió y, antes de que pudiera arrancar, ya estaba dormida, débil, agotada por más de dos semanas de infierno.
Conducía con una mano en el volante y la otra acariciándole suavemente la rodilla. Cada tanto la miraba, con el corazón apretado. Estaba tan pálida, tan frágil… mi flor parecía marchitarse.
Me detuve en una tienda de paso, compré algo de comida caliente y volví rápido al auto, sin dejar de mirarla. No me atreví a despertarla. Solo arranqué de nuevo y me dirigí a su antigua casa, esa en la cual nos habíamos reconciliado. Ese lugar que había sido su refugio antes de devolverle la casa que era de su padre, donde tal vez podía sentir paz. Tenía gente que iba dos veces a la semana a limpiar esa casa y c