ADRIANO
La sentí temblar contra mi pecho y lo supe: no podía dejarla ahí, no podía soltarla ni un segundo más.
—Vamos, no te dejaré aquí.
La tomé en brazos, era como alzar una pluma, se sentía más liviana y eso me preocupó. La conduje hasta el coche. Apenas nos acomodamos, su cuerpo cedió y, antes de que pudiera arrancar, ya estaba dormida, débil, agotada por más de dos semanas de infierno.
Conducía con una mano en el volante y la otra acariciándole suavemente la rodilla. Cada tanto la miraba,