DALIA
La noche era un mar de sombras. Me desperté de golpe, con el corazón galopando en el pecho como si quisiera huir de mi cuerpo. Una sensación helada me recorrió la espalda: la certeza de que alguien me observaba desde el pasillo.
El miedo me mordió la piel, dejándome sin aire. Todo lo ocurrido horas antes me cayó encima de golpe: los disparos, el vidrio haciéndose añicos, Analía poniéndose frente a mí como un escudo, los lobos de Enzo destrozando a los intrusos. Mis oídos todavía recordaban los gritos, el olor metálico de la sangre, el vértigo de pensar que iba a morir… o peor aún, que las últimas palabras que le dije a Adriano fueran de desconfianza, de reproche, de dolor.
Giré la cabeza con el alma encogida y lo vi.
Estaba allí. Adriano. Dormido a mi lado.
Su cuerpo fuerte ocupaba medio colchón, su pecho subía y bajaba con calma, y su brazo me envolvía con un gesto inconsciente, como si incluso en sueños necesitara asegurarse de que nada me arrancara de su lado.
Una ola de aliv