DALIA
El viento de la moto me arrancaba las lágrimas del rostro, pero el dolor seguía ahí, punzando, quemando. Cuando Enzo se detuvo frente a mi antigua casa, apenas pude bajar sin que me fallaran las piernas.
—Hey, princesa… tranquila —me dijo, tomándome del brazo con suavidad—. ¿Me puedes decir qué pasó?
Saqué el celular de mi bolso y se lo mostré con la mano temblorosa. La noticia seguía allí, como una daga en mi pecho: Adriano saliendo de un hotel con una mujer embarazada, acariciando su vi