SARA BLACKSTONE
El aroma del caldo llenaba la habitación del hospital.
Valerio se veía mucho mejor: el color había vuelto a su rostro y las ojeras empezaban a desvanecerse. Las vendas ya no se veían tan gruesas, y por primera vez en días, sus ojos tenían brillo.
Me senté frente a él con una bandeja.
—¿Por qué no acompañaste a Adriano? —preguntó mientras yo removía la sopa—. Tus nietos salían hoy del hospital.
Sonreí.
—Porque tenía suficiente ayuda. Alessandro y Jacke fueron con él, y en casa es