ADRIANO
El peso de su cuerpo sobre el mío era la única calma que me quedaba. Dalia besaba mi pecho lentamente, como si quisiera apagar con sus labios la bestia que llevaba por dentro, esa que me desgarraba desde que la vi frente a Enzo.
—Te amo, Dalia… —susurré, hundiendo mis manos en su cabello sedoso, atrayéndola más cerca—. No podría soportar perderte. Además… mis celos me dominan. No soporto que otro hombre te mire como él lo hizo. No soporto que te mire como si fueras suya. Eres mía.
Ella l