ADRIANO
El silencio se había vuelto un filo entre los dos. Mis palabras aún resonaban en el aire, y el Lobo, por primera vez en años, había perdido la maldita sonrisa.
Lo solté con violencia, dejándolo caer contra el escritorio. Enzo se acomodó la chaqueta, respirando hondo, y entonces soltó una risa baja, amarga.
—Vaya… —murmuró, mirándome con esos ojos verdes que parecían burlarse de todo—. Ahora no solo le debo la vida a un idiota… también a mi princesa.
Mi sangre hirvió. Sin pensarlo, lo to