ADRIANO
Dalia dormía entre mis brazos.
Su respiración suave acariciaba mi pecho, y cada tanto murmuraba algo incomprensible en sueños. Yo me quedaba quieto, sin atreverme a moverme demasiado, como si el mínimo gesto pudiera borrarla de mi lado.
Nunca me había sentido así. Ni siquiera cuando era un muchacho y creía que el amor era algo simple, una chispa que se encendía y se apagaba. No. Esto era distinto. Esto era fuego que me consumía por dentro y, al mismo tiempo, me llenaba de vida.
Hacer el