ADRIANO
Desperté con una sonrisa dibujada en los labios.
Dalia dormía en mis brazos, su espalda pegada a mi pecho, su respiración tranquila.
Besé su cuello y acaricié su piel, suave, cálida.
Giré un poco y miré la cuna: mis tres bebés dormían plácidamente.
—Mmm, hola guapo —murmuró Dalia con voz ronca.
—Hola, mi hermosa flor. ¿Cómo dormiste?
—Entre tú y los bebés, dormí poco.
—Está bien, duerme. Yo me encargaré de ellos.
—Gracias, amor.
Me levanté con cuidado y me vestí.
Alexander fue el primer