DALIA
El calor me subió a las mejillas de inmediato. Adriano estaba ahí, afirmado de la pared mirándome.
—No quise despertarte —balbuceé, volviendo la vista al pan—. Se te hace tarde para la oficina…
—Tranquila —su voz se volvió cálida—. Es sábado. Gael se hace cargo.
—Ah… —Me aclaré la garganta, concentradísima en no quemar la mantequilla—. Yo… Adriano, quería agradecerte por quedarte. No era necesario.
Vi cómo la comisura de su boca se levantaba como si le hubieran puesto el sol por dentro.
—