ADRIANO
Salimos temprano.
El sol brillaba alto y el aire olía a pan tostado y perfume de bebé.
Los trillizos habían crecido tanto que su ropa ya no les quedaba, así que decidí sacar a Dalia de casa para comprarles cosas nuevas.
Quería que respirara aire fresco, que riera un poco, que recordara lo hermosa que se veía cuando sonreía.
El centro comercial estaba lleno, pero no me importó.
Tomé la cintura de Dalia que miraba cada vitrina con esa mezcla de ternura y asombro que me derrite.
—Mira esto