SARA BLACKSTONE
El olor a ajo y cebolla dorándose llenaba la cocina.
Era uno de esos días tranquilos que apreciaba con el alma.
El sol entraba por la ventana, suave, y el sonido de los pájaros se mezclaba con el murmullo del aceite en la sartén.
Valerio estaba de pie junto al mesón, cortando vegetales con una concentración casi militar.
Tenía la camiseta arremangada, los antebrazos fuertes, el cabello algo desordenado… y esa sonrisa suya que siempre me desarma. Se mantenía en un estado físico e