ADRIANO
La mañana había empezado como cualquier otra. Dalia insistió en ir al minimarket a ver a su antigua jefa, para llevarle unos pasteles para su tienda, estuvo toda la noche horneando para entregar el pedido. Yo protesté un par de veces, diciendo que podía enviar a alguien, pero ella se cruzó de brazos y me miró con esos ojos que me vuelven esclavo.
—No seas terco, Adriano. Quiero verla. Ella me ayudó cuando nadie más lo hizo.
Y allí estábamos. Bajando los pasteles del auto, el sol ilumina