DALIA
El silencio del hospital tenía un sonido propio: un zumbido constante de máquinas, respiraciones contenidas y pasos lejanos. Lo primero que sentí fue un peso en el pecho, una presión que no era física, sino emocional, como si el mundo se hubiera detenido y estuviera esperando a que yo abriera los ojos.
Me dolía todo. La herida en el costado ardía con un fuego latente, y cada respiración era una batalla. Pero lo que me ancló a la realidad no fue el dolor, sino el calor.
Alguien sostenía mi