ADRIANO
La puerta de mi oficina se abrió con un golpe, sin siquiera un “permiso”. No necesitaba levantar la vista para saber quién era. Solo Gael tenía ese descaro.
—Al fiiiin —exclamó, dejándose caer en el sillón frente a mi escritorio como si fuera su trono—. Ser tú es sofocante, asfixiante, lúgubre. Eres un reverendo amargado y eso no va conmigo, pero cuidé tu empresa todo tu mes de luna de miel.
Me quité las gafas y lo miré con calma.
—Hola para ti también, Gael.
—¿Cómo te fue en la luna d