DALIA
La casa olía a limpio y a vainilla. Mi pancita aún muy pequeña, asomaba debajo del suéter como un sol, cargar con trillizos hacía que todo fuera más grande, tres pequeños hacían que mi pancita ya se notara y eso me tenía feliz. Cada tanto los bebés daban unos golpecitos que yo contestaba con caricias. Sobre el sillón estaba el libro de primerizas, ese que ya leí tres veces, aunque no lo admito en voz alta. Cerré los ojos un segundo. En mi cabeza, Adriano me miraba con esos ojos azules lle