JACKELINE
La mañana sabía a piel tibia y a pan recién hecho. Abrí los ojos con pereza y lo vi ahí, a centímetros, mirándome como si el mundo fuera mi comisura. Tenía el cabello suelto, los hombros desnudos, una sonrisa de esas que desarman ejércitos.
—¿De verdad tienes que irte tan temprano, gatita? —murmuró, con la voz todavía ronca.
—Sí —me acerqué para robarle un beso—. Te dije que debo acompañar a mi prima a control. Hoy conoceré a mis sobrinitos. Y sabremos si son niños, niñas… ¿niño y niñ