VALERIO
El odio se me pegó a la garganta como un sabor metálico que no se va. Caminaba hacia mi habitación donde estaba Sara, ya preparándose para dormir después de fumarme un cigarrillo para calmarme; no quería que ella me viera en ese estado. No podía creer que ese bastardo, a quien le enviamos dinero cada mes hasta que cumplió 18 años, a quien jamás perseguimos por ser un bastardo, se hubiera atrevido a atacarme. ¿Quién se creía, Issandro de Lucca? No sabe lo que le espera.
Alessandro salió