DALIA
La campanilla de la puerta tintineó suavemente cuando entramos a la pastelería. El aroma dulce me envolvió de inmediato: vainilla, canela y chocolate recién horneado. Mis antojos despertaron como fieras. Me llevé una mano al vientre y sonreí; los tres glotoncitos parecían celebrar el banquete que se avecinaba.
—Princesa, hoy puedes comer todo lo que quieras —dijo Enzo con ese tono travieso que solía usar cuando me consentía—. Mis sobrinos tienen que crecer fuertes.
Me acomodé en una mesa