DALIA
El aire estaba frío aquella mañana. Una brisa suave agitaba las hojas de los árboles del cementerio, trayendo consigo ese olor a tierra húmeda que siempre me llevaba de regreso a mis recuerdos más íntimos. Caminé despacio, con Jacke a mi lado, y sentí el peso de cada paso, no por el embarazo que ya hacía doler mis tobillos, sino por la emoción que me apretaba el pecho.
—Hola, papito… —susurré apenas llegamos frente a la lápida—. Hace mucho que no venía, pero no fue por olvido, sino porque