SARA BLACKSTONE
Nunca imaginé que un simple mensaje pudiera cambiarme el día.
Ni que alguien, después de tantos años de silencio, lograra hacerme sonreír solo con unas palabras en una pantalla.
Valerio lo hacía.
Cada tarde, después de almorzar, llegaba el sonido del teléfono y su nombre en la pantalla.
Aún pienso en ese café… ¿me dejarás invitarte otro?
Y yo respondía con un veremos, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.
Pasaron los días, y nuestros cafés se volvieron costumbre. Una rutina