ADRIANO
El salón estaba iluminado con miles de luces que parecían estrellas colgando del techo. La música suave llenaba el aire mientras los invitados charlaban animados. Armando, impecable en su traje, se movía de un lado a otro supervisando hasta el último detalle: que las copas estuvieran llenas, que las flores estuvieran frescas, que el orden se mantuviera perfecto.
—Ese hombre nació para esto —escuché murmurar detrás.
Me giré lo suficiente para ver a Dalia, sentada entre Jacke y Analena, o