Al fin llegó el día.
DALIA
El vestido blanco colgaba del biombo, y la seda brillaba bajo la luz que entraba por el ventanal. Jacke y Daisy, vestidas iguales con tonos suaves de lavanda, daban vueltas a mi alrededor revisando cada detalle.
—¿El velo está en su sitio? —preguntó Daisy, alisando la tela con mimo.
—Perfecto —respondió Jacke, levantando la barbilla con orgullo—. Te ves como un ángel, prima.
Reí nerviosa, aunque las lágrimas me empañaban la visión.
—Gracias a ustedes no me falta nada.
Un golpe suave en la