ALESSANDRO
La sala había quedado impregnada de un silencio extraño. Por primera vez en toda nuestra historia, Adriano y yo habíamos pronunciado la misma sentencia: Sonia debía morir. El nombre de mi madre flotó como un cuchillo en el aire, y aunque coincidimos en su final, la tensión entre nosotros seguía hirviendo como hierro al rojo.
Jacke estaba a mi lado, con esa mirada desafiante que podía arrancarme las entrañas y, al mismo tiempo, sostenerme en pie. Dalia, desde el sofá, había hecho su