ADRIANO
Subí las escaleras con Dalia en brazos. Sentía el peso ligero de su cuerpo y el fuego dulce de su respiración en mi cuello.
—Amor, puedo caminar —protestó suavemente.
—Por milésima vez, mi flor, no mientras esté yo —le respondí, firme, ajustándola un poco más contra mi pecho.
Suspiró y me acarició la barba con la yema de los dedos.
—Adriano… gracias.
—¿Por qué?
—Por aceptar a Alessandro. No quería perder a mi prima. Y es la primera vez que la veo enamorada de verdad.
Sonreí de lado, co