ADRIANO
El silencio de la casa se sentía distinto. No era frío, no era incómodo… era un silencio cargado de promesas.
Dalia seguía sentada sobre mis piernas, abrazándome como si jamás quisiera soltarme. Yo la sostenía con la misma desesperación. Mi confesión seguía retumbando en el aire: el monstruo, la sangre, mi verdad. Y aun así, ella estaba allí.
Suavizó mi rostro con las manos, acariciándome como si no temiera mancharse con mis sombras.
—Te amo, Adriano. —Su voz fue apenas un susurro, pero