DALIA
El helado todavía se derretía en mi mano cuando todo ocurrió.
Primero los autos. Luego los hombres. Los cuchillos brillando bajo la luz de los faroles. El arma apuntando hacia nosotros.
El miedo me atravesó como una daga. Pensé que en un segundo podía perderlo, que alguien podía arrancarme a Adriano para siempre.
Pero lo que vi después me dejó sin palabras.
Adriano se movió como un depredador. No como el CEO frío y calculador que todos temían en la oficina. Tampoco como el hombre dulce y a